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“He mezquinado comida a mi hijo”

El padre Manolo Berjón reflexiona sobre la socialidad de la comida entre los kukamas y los dilemas de la madres en la distribucion del alimento entre su familia.

  1. Manolo Berjón

Parroquia Santa Rita de Castilla
Río Marañón

La vida exige llevarse bien con todos, saludar, ser amable, colaborar… Llegada la ocasión, las personas que no cumplen con estas reglas, fácilmente serán acusadas de brujería, montando todo un dispositivo de reconocimiento propio a través de la negación de los otros. Entre la amabilidad y la enemistad se teje la vida.

La reconciliación es un proceso importante. Fundamentalmente son los moribundos los que solicitan que se acerquen sus parientes para pedir y recibir perdón. También pueden tomar la iniciativa los familiares y vecinos conociendo la cercanía de la muerte. Si todavía el moribundo puede hablar se expresará a través de las palabras. Pero en muchas oportunidades, imposibilitado de hablar, será tocando la mano o mirando a los ojos que se produzca la reconciliación. Es posible que la lejanía física impida este proceso. Será, entonces, a través del espíritu, en los sueños, que se pedirá y recibirá el perdón. En el sueño el alma del durmiente sale y mantiene contacto con otras almas y seres.

La cercanía de la muerte convierte este encuentro en un momento especial. Dar y recibir perdón engendran un momento denso. Este proceso reconciliatorio es una oportunidad de salvación. En kukama, perdonar, salvar y escapar se expresan con el mismo término: utsuipi, donde utsu significa viajar. De esta forma encontramos emparentados tres términos socio-religiosos importantes y conectados, a su vez, con el viaje, la partida, tan querido para el pensamiento tupí.

No existe ningún otro rito cotidiano que nos lleve a pensar en la reconciliación. Como en todo, existe una excepción: si dos personas están enemistadas y alguien toma la iniciativa invitando a masato o compartir la comida se producirá de nuevo el ansiado perdón. La proximidad física y el compartir la comida son dos de los aspectos vinculados a la socialidad. Un tercero serán las relaciones sexuales socialmente permitidas.

LA COMIDA

La comida es un bien escaso dependiendo de la época del año. No estamos en sociedades de abundancia. La gordura es señal de buena salud. Una persona delgada no tiene las grasas necesarias para poder afrontar los periodos de escasez. Y después de esta creciente tan grande del Amazonas muchas personas se han visto abocadas a pasar necesidad, recurriendo a las pocas grasas acumuladas durante el año.

Compartir la comida es, pues, un componente básico de la socialidad. A través de ella se vehicula el cariño y se produce la memoria. La memoria no es otra cosa que el recuerdo de las personas que nos han ayudado cuando éramos vulnerables, y aquí nos referimos a la infancia. Rechazar la comida es rechazar a la persona y crear una barrera infranqueable, algo que debe evitar quien desee proclamar la “buena noticia”. El masato se convierte entonces en una buena clave de evangelización. La comida, y el masato no deja de ser comida, está hecha con el corazón. Incluso la masticación de la yuca para la fabricación del masato no está elaborado con saliva, como podemos pensar los occidentales, sino con el “líquido del corazón”.

Si la comida genera socialidad, no compartir la comida será una falta grave, muy grave. En época de abundancia cualquier persona te brindará masato para mantener un rato de conversación. La reciprocidad exige que en otro momento tú le puedas brindar lo mismo. Romper los lazos de la reciprocidad con un “don sin retribución” nos aboca a poner las bases para quebrar la socialidad.

En las pocas ocasiones en que las personas de los ríos se acercan a confesarse siempre aparece alguna madre que siente una gran culpabilidad por haber “mezquinado comida a mi hijo”. Al principio uno piensa: seguramente no tiene comida, entonces no debe ser tan grave. Sin embargo, no debemos conformarnos con una explicación que no ha entendido el fondo el problema, generando un consuelo que no es bien recibido.

Ni que decir tiene que este pecado es únicamente femenino. El varón se encarga de traer las proteínas: carne y pescado o el dinero para comprarlos, mientras la mujer cuida de los hijos, la chacra y reparte la comida. Aparece, pues, la división del trabajo y la complementariedad de los sexos. El reparto de la comida es una tarea delicada, vinculada a la madre. Ella tendrá que dar a cada miembro de la familia la cantidad que le corresponde conforme a la edad y sexo, además de tener en cuenta el gusto de cada persona por una comida concreta. Que el marido y los hijos varones adultos coman más es una forma de asegurar las fuerzas para continuar trabajando y que traigan más comida a casa en los próximos días. En el reparto de la comida la madre no podrá recibir menos de lo que ella necesita. Si la comida, sobre la que se proyectan deseos y anhelos, no está bien repartida, incluida la ración de la madre, la comida puede hacer daño: takawa, bien sea por defecto, no haberse llenado, o por exceso, empacho.

Cuando una mujer se acusa de haber mezquinado comida a su hijo implica que le ha expuesto a una enfermedad cultural: takawa. Una madre preferirá darle comida a su hijo que está pidiendo, aún sabiendo que le va a empachar, que “mezquinarle la comida”. Preferirá pasar el mal rato del empacho con su hijo, que dejarle insatisfecho produciéndole takawa que tiene los mismos síntomas del empacho. Mezquinar es de los peores pecados que se pueden cometer. Y si lo que se mezquina es la comida… En kukama mezquinar, ukira, se construye con uki, quemar y cuñada de mujer, señalando la rivalidad entre cuñadas y la destrucción que produce el fuego.

Cuando una mujer se acusa de mezquinar comida a su hijo, además de la escasez de comida, está diciendo que su hijo se ha enfermado y ella se siente responsable; “ha quemado” la relación con su hijo y está generando olvido.

foto: blog santa rita de castilla.

 

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